Sin manual de instrucciones
El regalo de complicarse la vida
Hace seis días adoptamos a Lis, una perrita podenca. Han pasado diez meses desde que se fue nuestra querida Puca y sentí que era el momento de acoger a otro peludo en casa. Miré online en refugios caninos y aunque nunca había tenido podencos y pensábamos en un perro de menor tamaño, Lis me cautivó. Al contactar al refugio para conocerla me dijeron que estaba de acogida en casa de un voluntario. Quedé con Javi - nombre ficticio - que muy amablemente nos invitó a visitarle al día siguiente. Conocimos a la mujer de Javi, a Lis, a otra podenca de diez años y a un galgo muy viejito. Lis se acercó a nosotros con timidez. Me senté a los pies del sofá y a los pocos minutos ya se dejaba acariciar. Al rato estábamos jugando. Le cogía de una pata, ella me mordía suave, yo soltaba un aullido entre risas y ella apartaba su boca. Vamos a pasear, dijo Javi y salimos los tres con las dos perras.
Javi nos contó su compromiso con los perros abandonados y su valiosa labor de recogida y protección de los mismos en colaboración con el refugio. Las dos podencas paseaban tranquilas, sin tirar de la correa y siguiendo muy bien el paso. Nos despedimos de Javi. A la tarde le expliqué a mi hija la visita de la mañana a lo que respondió entusiasmada y luego llamé al refugio confirmado nuestra intención de adoptar. Olga, la fundadora del refugio, me dijo que rellenara un formulario. Lo hice, dijo que todo bien y quedamos para la mañana siguiente.
A las cinco y media llegamos al hospital veterinario para el cambio de nombre, la firma del contrato y el abono de la donación. Todo fue como una seda. Olga conocía a una amiga mía que había adoptado un mastín de los Pirineos. Estábamos todos felices. Lis parecía un poco desorientada, algo normal. Nos despedimos, nos subimos al coche y nos pusimos en marcha hacia la tienda de mascotas para proveernos de pienso, un camastro y otros enseres. En el asiento delantero estaba nerviosa pues no cabía bien. No paraba de moverse. Un amigo nos llamó y estuvimos conversando hasta llegar a la tienda. Al parar el coche, abrí la puerta a la vez que decía que sería mejor llevarla en el asiento de detrás. Lis salto del coche y su correa cayó al suelo. Al intentar cogerla - como había hecho mil veces en el pasado -, Lis me miró asustada y huyó corriendo. Al correr los dos tras ella, todavía iba más rápido. Cruzaba las calles como una bala. Voy a por el coche, así no la alcanzamos. Seguí unas calles abajo, no había rastro de ella. Después me subí al coche y seguimos buscándola.
No podía creer lo que acababa de ocurrir. Me sentía fatal, culpable por no haber puesto atención. Teníamos una carretera nacional al lado y al otro campos y bosques. Era buscar una aguja en un pajar. Mi mente se avanzaba unas horas dando la mala noticia a mi hija y a mis padres. ¿Y si la atropellaban? Era muy probable. Llamé al refugio para darles la horrible noticia. ¿Dónde se os ha escapado exactamente? me preguntó Olga. Se lo conté y me dijo que iba para allá. Buscamos y buscamos. Preguntamos a varias personas. Nadie la había visto. Los minutos pasaban, yo seguía de los nervios. A la media hora sonó el móvil. Era Olga. Me he saltado todas las normas de circulación y me va a caer una multa de dos pares de narices, pero la tenemos. Me mandó la ubicación. Mientras aliviados íbamos para allá, yo pensaba en los súper poderes de Olga y las voluntarias del refugio.
Lo que siguió después fue una mezcla de celebración por el rescate milagroso- se metió en un callejón sin salida y allí la pudieron coger -, merecida reprimenda por parte de Javi y su familia que también acudieron, y despedida del grupo con Lis atada doblemente al respaldo del coche, todos con un susto de muerte en el cuerpo.
Hoy es el sexto día de Lis con nosotros, que ahora es Alys. He aprendido que tiene un gran trauma por su historia pasada y que los podencos son escapistas por naturaleza. Poco a poco el vínculo con ella se va creando y ha pasado de quedarse en un rincón y apenas comer, a seguirme por toda la casa y comer normalmente. Todavía se aleja cuando la llamas. Solo puedo acariciarla de lado, con movimientos muy lentos y sin mirarla a los ojos. Ayer cuando le dije que la alfombra no se comía pero que sí que podía comerse el donut canino, me entendió a la primera. Vamos con un cuidado tremendo al salir de paseo y poco a poco la confianza en que todo irá bien se va instalando entre nosotros.
La historia de Alice, que ya es mi historia, me hace pensar que la vida viene sin manual de instrucciones. En muchos casos no sabemos cómo va a ser hasta que no damos el paso. Cambiamos radicalmente de trabajo. Adoptamos una mascota. Nos vamos a vivir a otro país. Tenemos un hijo. Damos el sí a compartir la vida con alguien. Al hacerlo nos damos cuenta de que no teníamos ni idea de donde nos metíamos. Nos damos cuenta de hasta qué punto nos hemos complicado la vida. Más con el tiempo, empeño y un poco de suerte crecemos y descubrimos que no querríamos vivir de otra forma.

