La libertad que esconde la subjetividad
Reflexiones a raíz de La sociedad de la nieve
Me resistía a ver la película La sociedad de la nieve, sobre el accidente de avión en los Andes el año 1972, por el hecho que los supervivientes tuvieron que comer carne de sus compañeros fallecidos. Me decía, una película sobre antropofagia, no gracias.
Sin embargo, me llamó la atención la declaración de uno de los sobrevivientes con la que topé leyendo otro libro, al preguntarle cómo se las apañaron para aguantar setenta y dos días en la cordillera nevada: “Nuestros compañeros muertos dieron su cuerpo como alimento, como Jesús.”1
Se despertó mi curiosidad y decidí ver la película magistralmente dirigida por J.A. Bayona. Por su profundidad y belleza, la historia sacudió mi interior con la fuerza del avión estrellado. De inmediato me compré el libro del mismo nombre de Pablo Vierci en el que se basa la película y lo devoré cautivada. Al compartirlo con mis familiares, mi madre me dijo que en un viaje habían conocido al pintor Carlos Paez Vilaró, padre de uno de los sobrevivientes. La historia se acercaba a través de mi familia uruguaya.
Por lo reveladoras de nuestro potencial y capacidades, me fascinan las historias en las que el ser humano topa con sus límites y la de La sociedad de la nieve es de una riqueza extremada. La libertad que esconde la subjetividad de cada uno de nosotros es la primera de la facetas de esta historia sobre la que quiero ahondar.
16 cordilleras distintas
En el libro se plasman dieciséis experiencias distintas. Dieciséis formas de relacionarse con la misma circunstancia: ser arrojados en la mitad de los Andes, rodeados de nieve, a treinta grados bajo cero y sobrevivir durante setenta y dos días. Aunque existen puntos en común, cada persona enfocó la situación a su manera.
Durante los setenta y dos días que duró el infierno helado, algunos descubrieron una dimensión espiritual desconocida. Su consciencia se expandió, esto les dio fuerzas y cambió la perspectiva para siempre. Otros se deprimieron y sin quererlo, brindaron la oportunidad a sus compañeros de cuidarlos.
En sus propias palabras, Carlitos Paez dejó de ser un “jovencito consentido, de dieciocho años, hijo de padres divorciados, con clara tendencia a las adicciones, hipocondríaco crónico” para convertirse en alguien responsable y con “tareas fijas que yo mismo había elegido. Debía tapiar el boquete del fuselaje en las noches, cuidar la herida que tenía Coche Inciarte en la pierna y encargarme de la cámara de la pelota de rugby que usábamos para orinar durante la noche. (···) Aquel chico bueno para nada resulta que ahora se convertía en un individuo útil, y cómo era productivo, a pesar de que era el menor del grupo, podía hablar y mi voz comenzaba a contar”.
El caso de Nando Parrado, uno de los dos expedicionarios que lograría atravesar la cordillera y pedir auxilio, resulta revelador. Nada más chocar el avión contra la nieve, entró en coma por un traumatismo craneal. Sus compañeros pensando que estaba moribundo lo colocaron en contacto con la nieve lo que le ayudó a sanar. Al recobrar la conciencia, descubrió que su madre había muerto en el accidente y su hermana, que terminaría al poco tiempo muriendo en sus brazos, estaba gravemente herida. En estas circunstancias, se prometió a si mismo que saldría de allí y volvería a abrazar a su padre y que también formaría una familia. Decidió sujetarse a estos anhelos y juntamente con algunos de sus compañeros, lo consiguió.
Escultores de nuestra subjetividad
La libertad que cada uno tiene de reaccionar y dar sentido a sus circunstancias revela que aunque no seamos conscientes de ello, podemos elegir a lo que sujetarnos - nuestra subjetividad-, podemos decidir el marco que va a definirnos. A pesar de nuestras tendencias y circunstancias, somos escultores de nuestra subjetividad. Esto no garantiza el éxito de nuestro empeño, sin embargo determina la calidad de nuestro viaje hacia él.
A raíz de esta reflexión, te invito a considerar tu vida y a preguntarte:
¿Qué es a lo es estás sujeto mediante forma de interpretar la vida? ¿Qué es lo que dejas que te defina? ¿Son tus flaquezas, tus adversidades, fortalezas o aspiraciones?
La libertad no es la libertad
Esta libertad que contiene la subjetividad es a la que hace referencia el poeta Blai Bonet - este año es el centenario de su nacimiento - en su poema Fuego de pájaro2. Dice así:
La libertad es una cantata a la libertad. Si se cree, o manda creer que es más que un canto, es porque tan sólo no es un cántico. La libertad también ha de ser una canción de pueblo. La libertad no es, apenas dura el tiempo en una amapola de los Segadores. Quien prende fuego al pájaro del deseo es el misterio. El misterio del amor es el tiempo, como el misterio de la libertad es el tiempo que dura su canto, porque el amor consumado y la libertad son el mismo cántico. El placer del amor consumado es una cantata de amor. No es el amor. La libertad es apenas un himno a la libertad. No es la libertad. Veo que no lo crees. ¿Sabes por qué? Tú quisieras ser libre, pero que no te pasase nada, y nada es demasiado poco, así como todo son demasiadas cosas...
Poema original:
Foc d’ocell
La llibertat és una cantata a la llibertat.
Si es creu, o mana creure que és més que un cant,
és perquè tan sols no és un càntic.
La llibertat també ha de ser una cançó de poble.
La llibertat no és, just dura el temps en una rosella dels Segadors.
Qui cala foc a l’ocell del desig és el misteri.
El misteri de l’amor és el temps,
com el misteri de la llibertat és el temps que dura el seu cant,
perquè l’amor fet i la llibertat són el mateix càntic.
El plaer de l’amor fet és una cantata a l’amor.
No és l’amor. La llibertat és just un himne a la llibertat.
No és la llibertat. Veig que no ho creus. Saps per què?
Tu voldries ser lliure, però que no et passés res,
i res és massa poc, talment com tot són massa coses...
BLAI BONET
Cant de l’arc, 1979
