Horizonte blanco, horizonte negro
Acercarte al borde para que aparezca la vía
Crecí en el litoral mediterráneo. Mis veranos sabían a sal de la Costa Dorada y mis inviernos a olían a romero y tomillo de los montes de Prades y Poblet. Las veces que fui a esquiar de pequeña con mis padres se pueden contar con los dedos de una mano. De adolescente aprendí a esquiar por mi cuenta y pasaron veinte años hasta que decidí volver a las pistas. La nieve, aunque un estado del agua, no es mi medio y sin embargo me encanta. Cuando esquío gozo y también paso dificultades.
Hoy mientras esquiaba me he dado cuenta de un miedo que se despierta de vez en cuando. Todo va bien, bajo un tramo de pista y otro, cojo cierto ritmo, me relajo, disfruto. En un momento levanto la vista y veo el final de la pista y después…nada. ¡Nada! Una alarma interna salta, y su señal es clara: peligro. La angustia me embarga y maldigo el momento en el que animé a toda la familia venir. Me paro. Me pasa rozando un tipo apurado y chilla que como se me ocurre pararme en medio de la pista. Me acuerdo de respirar y que al contrario de él, no tengo ninguna prisa. De hecho tengo tiempo. Entonces decido acercarme al abrumador horizonte, no desde la agresividad del “venga, no tengas miedo” sino desde el “sé que tengo miedo y me acerco al borde con curiosidad”. La curiosidad va hacia dentro, hacia mi miedo y hacia afuera, hacia el horizonte.
Mis esquís avanzan y yo, como Góngora a su nariz, pegada a ellos. Lo que ocurre después, lo he vivido tantas veces que me asombra no haberlo integrado todavía. El borde-horizonte se transforma en un tramo de pista más o menos esquiable y con él nace otro horizonte.
Tantas veces en la vida nos sentimos sin horizonte, con un horizonte amenazador o cuanto menos asfixiante. Anclados en su semblante amenazador somos nosotros los que estamos congelados. Desde el miedo no osamos mirar, pues es como mirar a un dragón de siete cabezas que saca fuego por cada una de ellas y esto nos paraliza.
La vía hacia adelante es acercarnos al horizonte-dragón y darnos cuenta que en lugar de siete cabezas tan solo tiene dos. Acercarnos un poco más para reconocer una bestia asustada que parafraseando a Rilke, tal vez solo necesite vernos actuar con coraje una vez en la vida. Acercarnos hasta sentir su aliento para desvelar un largo, vasto y blanco campo. Un lienzo de libertad en el que, a ratos con gracia, a ratos con torpeza, seguir deslizándonos.
¿Qué horizonte temes y por esa razón no te atreves a mirar a los ojos? ¿Cómo puedes acercarte a él con curiosidad, atento a lo que quiera susurrarte?
